miércoles, 16 de septiembre de 2020

DOS CUENTOS DEL ESCRITOR CROATA ANTUN PAVESKOVIC (TRADUCCIÓN DE LA DRA. ZELJKA LOVRENCIC)

 



Antun Pavešković

DOS CUENTOS

 

¿Es eso todo?

(Zar je to sve?)

De verdad, es difícil imaginar un lugar más triste que el antiguo hospital de Dubrovnik: Su posición celestial en vez de atenuar esta drástica impresión, sucumbe grotescamente. Un claro del bosque sobre el mar, los pinos, la serenidad idílica impregnada de romero, oscurecía la fachada gris del edificio principal. El olor a putrefacción de dentro quitaba a los infelices encerrados personajes; los enfermos, la poca esperanza y voluntad para luchar contra la enfermedad y la muerte. ¿No será por eso un milagro salir de ahí vivo y sano? Enredados en un laberinto de acciones incoherentes y declaraciones incomprensibles, muchos de los pacientes seguramente se recuperarían más rápido al otro lado de la dantesca puerta.

Sin embargo, quizás el sabor de mi experiencia personal hace mi apreciación más rígida. Más de una vez languidecí sin esperanza separado de la sombra de la arboleda, muy cerca del olor a mar abierto, sobre el desfiladero que se encuentra detrás del parque de pitósporo, laurel y flor de adelfa.

Por primera vez con menos de seis años. El comienzo de julio anunciaba un verano muy intenso. Muchos días, como por maldad hirvió el cielo y la piedra se hizo salvaje entre ellos apenas se podía respirar, me ahogaba la fiebre: Finalmente, empecé orinar sangre. A mi desesperado padre, no le quedó nada más que llevarme junto con mi llorosa madre a Boninovo[1], al departamento para los niños. Se trataba de una grave infección renal, casi fatal. Dos meses completos, hasta el suave otoño, envuelto en una manta paseando medía el sendero cubierto de vid de la antigua finca. La armoniosa casa de un piso, colocada al lado del complejo central, parecida a una tímida viuda de atracción aún no desaparecida, acomodaba una decena de niños que sufrían de incertidumbre al cuidado de enfermeras, generalmente medio analfabetas. En aquel tiempo, salvo las monjas del cuidado público se carecía de enfermeras preparadas.

Por segunda vez terminé en el hospital durante mi primera clase de primaria. En una semana de clases me gane una neumonía viral. Estuve hospitalizado en el departamento para la juventud. En el último piso; añadido al edificio central, malamente sobrepuesto sobre los pabellones cercanos – el para la infancia, los de neumología, patología y siquiatría.   

Justamente en ese tiempo en Srđ[2] se levantaban las transmisoras de televisión. Mi coinquilino en la pieza llena de vidrieras discutía largamente conmigo sobre lo que podrían ser esas alas de acero y el enorme cuerpo crecido en las murallas de la fortaleza napoleónica. ¡Discutimos ampliamente hasta llegar a un acuerdo – en la cima del cerro construyen una nave espacial! El muchacho rubio y transparente, de ojos hundidos, no logró ver como el cohete se lanza a las estrellas. Después de mi partida se le adelantó.

La tercera vez tuve un envenenamiento gástrico y la cuarta, estando ya en secundaria, al cerro me envió una apendicitis. Sin embargo, la memoria más fuerte es el recuerdo del niño cuando los padres, indefenso y en la noche profunda lo traen a la recepción de la clínica. En ti todo muere salvo la esperanza espasmódica de que esta vez no vas a ir al enredo de los corredores envueltos en la luz de color amarillo oscuro. Aunque la dolorosa parte lúcida del alma sabe que esta esperanza es vana y cómica. Por eso durante muchos años, este turbio complejo de edificios, hasta durante visitas de paso despertaba en mí un malestar profundo. Sólo cuando me mudé de Dubrovnik como que triunfalmente encadené esta imagen fatal en la tesorería del no retorno.

¡No es recomendable olvidar: el mal siempre puede volver! Sucedió así. Tres años antes de la guerra, llegando de vacaciones, una gran fiebre me echó a la cama. Esa misma noche siguieron calambres abdominales, vómitos, diarrea. Casi no llego al recibo hospitalario. Solo. (Como si fuera huérfano, pensé teniendo lástima de mí mismo). El médico de turno me convenció de que tenía que quedarme en el hospital. Dudó de un envenenamiento con la comida.      

En el par de metros que pasé tambaleando desde el consultorio situado en una pequeña casa de un piso hasta el enorme portón del edificio principal, me acompañaba una adolescente muy bella y abiertamente indiferente vestida en uniforme de enfermera. A mi llegada, tuve que dar muestras de todo lo que mi cuerpo martirizado pudo excretar. Luego, con un puñado de píldoras cayó sobre mí la cobija salvadora del sueño.

Del edén de la nada, me despertaron para la visita matutina. Pronto, encima de mí, sabiamente callaba un ramo de rostros oscurecidos. El principal; un gordo, parecido a un arrendajo tranquilo y tonto, a todas mis preguntas daba una respuesta muy importante – se esperan las pruebas del laboratorio.

Cuando por fin llegaron, las pruebas ni por un momento han aclarado mi estado. Y el termómetro, decía el principal de manera pintoresca, ordena observación adicional. No podía hacer nada.                 

Después de unos días logre el derecho de un breve paseo por el jardín. En un pijama ligero di largas vueltas por el sombreado patio, hasta el banco al final de la meseta. Abajo, en el pasado la ominosa Casa de Mar, colector de ansiedad y de las temerosas esperanzas de los enfermos de tuberculosis de hace ya tiempo cambiada, transformada en laboratorios y oficinas. Profundamente abajo; el mar surcado indiferentemente por tenues arrugas, en vez de saludo me reprochaba el haber vuelto al escenario de absurdo y dolor.

Atentamente y con cuidado, saqué del bolsillo los cigarrillos y fumé por primera vez después de tres días. El humo corto bruscamente mis bronquios y me hizo toser.

- ¡Eso!  – el grito de un barítono juvenil justo al lado de mi oído hizo que tímidamente me volteara. En el banco junto al mío se encontraba un joven de belleza extraordinaria de rostro fresco contrario a este triste ambiente. De donde, cuando y como apareció, no lo sé. Igualmente, no pude descubrir de donde lo conocía. La impresión de que nos conocíamos fue tan fuerte que me parecía que era imposible engañarme. Tenía una de esas caras que en el pasado seguramente viste alguna vez y que está por ahí; en seguida, al alcance de la conciencia, están aquí su identidad y el cuento de su vida, tan sólo que de ninguna manera logras poner su apariencia en el justo nicho de la galería de tu memoria. Tan sólo, estás seguro de que ya has visto esa cara.

– Perdón, no fue mi intención asustarle – dijo con una sonrisa infantil e inocente.

– Pues, señor logró usted esto, sin querer   – jadeé, recuperando el aliento. – Pero ¿qué

 quiso usted de verdad?         

– Demostrarle mi admiración.

– ¡Justo el lugar y el tiempo!

– Además, ¿por qué no? – jugaba provocativamente con mi ironía.

– Por favor. Resulta entonces, que mi sofocación es el motivo de su admiración.

– No; sino aquello que causa su sofocación. Ve, en esta era de general americanización de la salud cuando cada tercer día los periódicos publican listas de las cosas mortales que contiene esta pequeña y humilde cosita, tan calumniada y culpada por todo el mal de este mundo, usted quiere tomarla, quemarla y aspira profundamente el humo. Y, ¡¿dónde?! En el hospital. Donde, diciendo de paso, seguramente está por alguna razón.

– En serio, sí lo entiendo bien ¿a usted le entusiasma mi imprudencia?   

– Pues, si sigue esa lógica, bien; se podría decir también así. Yo preferiría llamarlo valentía. Rebeldía.

– Perdone, quizás en otras circunstancias hubiera aceptado su perspicacia. Pero, ya hace días que me molestan una multitud de cosas...

De repente se puso serio. Sus cejas negras se fruncieron con reproche. Ofendido, pidiendo disculpas, pronunció: - Señor, lo lamento mucho, pero no quise bromear con usted de ninguna manera.

En seguida se levantó, teatralmente hace una venia y patéticamente serio, dice:

        Le dejo a su noble pasión. Hasta la vista.           

Se volteó, dio un paso. El pijama delgado no podía cubrir su estatura esbelta y armoniosa.  Después de algunos metros se detuvo y volvió, añadiendo: - Usted fumaría hasta muriendo. Me gusta tal tipo de gente y no los bobos asustadizos que en las prescripciones de los periódicos buscan el secreto de una vida larga.

Se fue rápido. Detrás de los arbustos como último se columpió su pelo negro y rizado. Pude entender, en dirección a neurosiquiatría. ¡Qué raro! Porque, de esa residencia que está cerrada todo el tiempo con llave y separada cuidadosamente por rejas del resto del universo del hospital, generalmente no dejan salir a los encarcelados. Especialmente al paseo.

Terminé de fumar el cigarrillo y regresé.

 

El día siguiente comprendí que no me darían de alto del hospital tan rápido. Algunas pequeñas líneas sobre los treinta y siete grados continuamente se oponían. Los especialistas fruncían sus cejas, torcían los labios, ordenaban sus papeles y no encontraban que decir con sentido.

            Almorzando la comida típica y sin sabor del hospital, bajé hasta mi rinconcito de ayer. Tan sólo unos humos y helo aquí de nuevo; mi extraño compañero. No me sorprendió de nuevo. Sonrió, mostrando con la cabeza el lugar junto a mí.

– Siéntese, le ofrecí cortésmente devolviéndole la sonrisa.

– Gracias. Despreocupadamente cruzó las piernas, colgó las manos sobre el respaldo de madera.

            Quise ofrecer la cajetilla:

– Usted?

– Gracias. En realidad, no fumo.

– Bien hecho.

Una palabra fue suficiente para su desengaño.

– En cuanto a inteligencia, vea yo también traté como todos los demás. Me molestaba tanto que tuve que dejarlo. El secreto de mi virtud.

– Sin embargo, muy bien pensado...

– ¡Hombre!, me interrumpió con cansancio como si se preguntara si soy capaz de entender.

El cigarrillo se quemó hasta el filtro. Lo aplasté y me volteé hacia mi compañero: - ¿Y usted, por qué está aquí?

De nuevo sonrisa, la más alegre hasta ahora.

– Porque, querido mío, voy a morirme.

– Oh, oh, oh señor mío, eso significa que estamos enfermos de la misma enfermedad. ¿Qué se puede hacer? Genética. El factor inevitable de la herencia.

– Su reacción – esperada. La risa sonora y protectora de una persona adulta, una respuesta superior a la broma inmadura de un niño.

– Veo, que la alegría no lo abandona – no lo logré y ni siquiera traté de esconder de que estaba ofendido.

– Pues, bien, bien, paremos un poco. Permítame explicarle. Sabe, a mí me divierte mucho el hecho de que me han traído aquí donde estoy ahora, convencidos de que estaba loco e, imagínese, están convencidos también de que me iban a curar. Esta gente hierve de múltiples convicciones. Y, sin embargo, no saben, no entienden.

– Entonces, usted está, allá... en ese departamento del hospital...

– No allá. Estoy en el departamento. Hay que llamar las cosas por su nombre. Estoy en el manicomio. Sin embargo, no verdadero. En esa, nuestra casa amarilla se encuentra toda clase de miseria – desde la pobreza, estupidez, envenenamiento crónico con alcohol barato hasta enfermedades mentales. Eso es. El manicomio. Casa de locos. El nido del cuco. El pabellón número seis.

– Pero, cómo le permiten, cómo le dejan así, libre, afuera...

–.... ¿Pasear? Mire, yo soy un loco decente, totalmente seguro. Lo primero, como a ellos les gusta decir me observaron muy detenidamente. Y cuando lo hicieron con todo detalle se dieron cuenta de que no soy peligroso ni para mí ni para los demás, de que no voy a huir a ningún lado, que no tengo intención de violar o hacer algún daño y de lo que los convencí más difícilmente, que no tengo ninguna inclinación hacia suicidio (¡de eso no tengo ninguna necesidad!) y de que seguro regreso exactamente al tiempo acordado.

Era el momento para un cigarrillo más. Exhalando humo desde el fondo de los pulmones, hice resumen: – ¿Usted, sin embargo, afirma que va a morir?

        No, no afirmo eso. Eso ocurrirá. Voy a morir.

De eso hablaba muy tranquilo, como si bebiera un vaso de agua. Pero, en la acentuada tranquilidad y de alguna manera patético, casi demasiado serio. En realidad – infantil.

– No, esperaba que habíamos terminado con eso. A decir verdad, todos iremos delante de Dios.                            

– Cierto. Con una pequeña diferencia. Yo lo haré este mismo verano.

El humo, desapareciendo en el suspiro del verano, me envolvía consolándome.

– Tengo que reconocer, una cosa; no me es clara. ¿Está usted enfermo?    

– Lógica de médico, ¡querido mío! No, no estoy enfermo. Me examinaron desde la cabeza hasta los pies muchas veces. Teniendo en cuenta sus números, mi cuerpo funciona perfectamente. Entonces, en este caso, puesto que a pesar de los papeles algo no está bien, a los médicos les queda buscar la salvación en su inteligencia aquí – tocó su frente con el dedo.

– Y usted, naturalmente, sabe que ella no está aquí.

– Ah, quiere decir: cada puta es honesta y cada loco es normal. Lo sé, lo sé....

Encogiéndose de hombros, traté pacíficamente de evitar la disputa. Él solamente siguió: – Simplemente, no hay problemas. Pero, en medicina nada es sencillo. Y menos en siquiatría.

        Y, por favor, ¿por qué usted ahora, ya, tan pronto irá al otro mundo?  

Desde abajo, escondidas por las rocas, las gaviotas empezaron a chillar agresivamente. El noble barrio Gorica Svetoga Vlaha[3] sedujo a mi interlocutor, Pensativo, dijo despacio: - No ha hecho la pregunta correcta. A eso no tengo nada que responderle. Mire, mi muerte viene como consecuencia de una pregunta totalmente diferente y ella es - ¿por qué tendría que vivir’

        Sí, algo así se puede leer en los libros. En la vida real...

– ¿Y qué es eso, querido mío? ¿Una vida irreal?

– Escuche, los desesperados, perdedores, individuos fracasados, gente de mente insana, todos tienen razón de preguntarse sobre el sentido y razón de su vida. Usted, me parece, no pertenece a ninguna de esas categorías.

– O, gracias, gracias. A pesar de su amabilidad, no puedo estar de acuerdo. Al contrario, estoy convencido de que la pregunta mencionada todo el tiempo está colgada sobre la cabeza de cada uno de nosotros. Pero, la pronuncian sólo los más sinceros.    

– ¡¿O el más perverso?!

Silencio. Lo miré: – Perdona. No lo pensé así.

– Pues, sí. Lo pensó, pensó. Y quizás tenga razón. Pero, no quiero cansarle más con mis cuentos...

– No me cansa, en lo más mínimo. A decir verdad, logró interesarme. No encuentro todos los días candidatos seguros para la muerte.

– Ja; usted de nuevo. Yo no soy ningún candidato. Hablando sinceramente, yo soy el elegido.

– ¿Y ahora de quién elegido?

– De ella. Mi más fiel acompañante.

Y el segundo cigarrillo termina aplastado. Mi nuevo conocido disfrutaba con la cabeza tirada sobre el respaldo, gozaba de la brillante copa de pino extendida sobre nosotros.

        Usted seguramente tuvo una niñez difícil – le dije así no más para mí, en broma.

        De ninguna manera tuve una bella niñez y una linda juventud.

Su cara serena se pintó de satisfacción. Algunos momentos de silencio y empezó con su biografía. Hablaba con concentración, un poco monótonamente, evitando pensamientos duros o acentuados.

Nació como el segundo hijo de un arquitecto acomodado, en una vieja casa de Dubrovnik.

- Llegué al mundo dos años después de mi hermana. Mis padres todavía eran jóvenes, con fuerza, capaces de regalarnos muchas cosas más.      

A casi toda familia algo la distingue. Entre el medio sea más pequeño, el distintivo es más evidente. La nuestra fue marcada por la belleza.

– Y nosotros también la hemos heredado. En la calle, la gente volteaba la cabeza para mirarnos. Se hablaba de la abuela; que sus hermanos por línea paterna tenían que acompañarla cuando iba a la Ciudad. La cuidaban de pretendientes enloquecidos. Presuntamente, algunos querían raptarla, y otros amenazaban públicamente con que se iban a echar por Orsula[4] o envenenarse si ella no se casaba con ellos... En un corredor en nuestra casa se guarda la colección de retratos familiares. Sólo mujeres y hombres bellos. Si no fuera por los vivos que con su apariencia atestiguan la maldición de nuestra sangre, se diría que halagando, los artistas querían poner altos precios en sus bolsillos.

– ¿Maldición? ¿Eso significa la belleza?

– Nos separó. Cada uno de los miembros de mi familia tiene algún cuento suyo y todos de manera propia padecen un tipo de expiación. Los regalos se pagan de una u otra manera. Nosotros no lo habíamos buscado. Pero por eso la recompensa no nos pasó por alto.

– Eran entonces algo especial.

Creo en su expresión leer un orgullo contenido.

– No sé. La niñez me pareció bella y común.

– En la infancia todo empieza. Todo lo bueno, pero también todo lo malo.

– Señala usted un objetivo equivocado. No reprimo nada en mi pasado. Ninguna ansiedad secreta de matar a mi padre. Lo único que me pudo frustrar fue la envidia de los demás. Usted sabe cómo es: a los niños no les gusta cuando alguno entre ellos se destaca. Eso expone a el destacado. Y provoca a los demás. Por suerte, yo era lo suficientemente fuerte y en cuerpo y en mente para defenderme cuando era necesario. La fuerza, uno más de los regalos del Señor, me libró de toda violencia. La violencia es el virus de los débiles.  

– Una tesis interesante, aunque no nueva.  

–¿Quién necesita esto salvo los cobardes? Y, por fin, solamente los cobardes temen de su miedo. Esto los hace arrogantes.

        Y así, usted era bello y fuerte.

        Sí; desde que sé de mí.

Para, como pensando en algo.

Una inquietud, como soplo de la brisa matutina, tiembla desde mis entrañas. La evocaba la calma fantasmal de la exposición del joven. Ella es típica de la gente escogida, los santos. Profetas, locos. Descubriendo una dimensión a que el hombre común no quiere entrar.

        ¿Y por qué usted me cuenta todo esto?

        Porque usted me lo ha preguntado.

        ¿Qué le he preguntado?

        Por qué estoy aquí.

Verdad. El culpable del tema de nuestra conversación soy yo.

 

Como el crepúsculo, se coló el cansancio. Como si lo hubiéramos compartido, concluyó:     

        Fue bastante por hoy. ¿No?

            Nos saludamos brevemente y partimos cada uno a su lugar de estadía provisional.

            La mañana siguiente trajo alivio. El gordito médico principal, incurablemente serio amistosamente se sentó en mi cama.

– Gastroenteritis de origen viral. Gracias a Dios, no es envenenamiento. Sin embargo, algo en el desarrollo de la enfermedad es atípico, por no decir dudoso.

Se contentó con lo pronunciado, sin explicaciones. Yo, callaba devotamente. Y prometí, de buena gana, que al regresar a Zagreb haría todos los exámenes necesarios.

– La situación se normalizó, pero hay que ver por qué la digestión reaccionó tan violentamente por una causa tan banal – aclaró.

Cuando el coro de doctores solemnemente se fue navegando, corrí rápidamente por mi ropa. Con la carta de alta bajé y salí.

Salí bajo el sol que brillaba como nunca con un lujoso brillo. En las ramas los pájaros alardeaban.

Él estaba en su viejo lugar. Esperó que se le acercara y dijo alegremente. – ¿Sorprendido?

– No. No estoy sorprendido.

– Entonces, ¿lo esperaba?

– Tampoco. Solamente me pareció normal verlo aquí.

– ¿Así que acabo la comedia?

– Será.

 – Sírvase.   

Le agradecí y tomé el lugar que tan cortésmente me ofrecía.

 – ¿No va a fumar? Sin esto, el placer no sería completo.

Le obedecí, por supuesto.

– ¿Y usted? ¿Cuál es su perspectiva aquí?

– ¿Yo? Me quedaré unos días más – dijo, guiñándome el ojo diabólicamente.

– ¿Y a su comedia se acerca al fin?

Lo lamenté. Demasiado tarde. Cínicamente acentuó:

 – Sí, se acerca.

– Pensaba en que pronto le darán de alta – este intento de aclaración sonó ridículo.

– Sé lo que pensaba. Y lo que ha dicho. Además, y usted lo sabe. Pues, tenía razón.

            Su mirada, sin fijarse en nada exactamente, vagaba cansada. Por el momento entré en la tentación de creerle.

Pero, retrocedí a último momento. Casi asustado, argumentaba en mí mismo (y pues en realidad ¿por qué?  – ¿¡A causa de un montón de estupideces!?), cadena de preguntas mudas: ¿Así no más porque lo quise? ¿Por aburrimiento existencialista o por profunda reconciliación con el absurdo de la vida? ¡Pues, bravo! Existencialismo como meditación trascendental.

– ¡Tonteras!

Dónde llegaría el hombre si creyera a cada camisa de Napoleón. ¡Y a los tantos Jesúses! No se sabe cuántos más.

Él sigue hablando. Formaba las palabras de manera segura. Firmes y tranquilas, como la mirada con la que sin duda daba a conocer que presiente en que pienso (diga entonces que a los viejos o a tal tipo de personas en vano se atribuían poderes sobrenaturales: - Y usted se pregunta cómo es eso posible. O algo parecido. ¿Cómo alguien que es joven, sano y relativamente normal puede afirmar lo que yo afirmo? 

– Más o menos. O sea, cómo es posible que él mismo crea en algo así.

– Y, ¿usted también lo creyó, por lo menos un poco, no es así?  

–Fuera de todo, usted es y mago – lo picaba.

– Le preocupa – provocándome despreocupadamente, disminuía toda la importancia de mi ligera provocación.

– Sí, me preocupa. Ante todo, la manera en que habla. Como si hubiese chupado la sabiduría de todo el universo.

– No, de verdad no tengo tales ambiciones.

– Además; reconozco, su superioridad, me pone un poco nervioso.

– Ve, me respondió concentrado – pienso que no soy superior. Ni lo más mínimo. No quiero vanagloriarme ni por inteligencia ni por sabiduría. Lo que digo se refiere solamente a mí. Pienso que tengo derecho hablar de mí sinceramente y sin ninguna barrera. De resto, no introduje yo esta conversación.

– Ni yo, sí es que insiste.

– Bien. En este caso ella simplemente pasó. Ahora, ¿quiere usted que la continuemos?

– Sabe, en realidad quisiera que la termináramos. Mejor dicho – concluyéramos. Ve usted, yo soy un poco anticuado. Sigo creyendo persistentemente en algunas verdades viejas, quizás ya pasadas. Así que creo en el ritmo natural de los acontecimientos, en todo lo que está a nuestro alrededor y también en nosotros. Aunque invisible y a menudo incomprensible, en nuestras vidas gobierna orden. La frase se debe terminar. A medianoche el reloj toca el duodécimo golpe. Mantis religiosa tiene que terminar su juego amoroso con el único posible final. Si no...

– ¿Si no?         

– Si no.... – paré buscando alguna respuesta prudente. Pero, mi cerebro en ese momento no me sirvió de la mejor manera... todo junto no tiene ningún sentido.

– Fascinante, querido mío. Aliento cristal de platonismo original.

“Búrlese, búrlese no más”, quise decirle. Sin embargo, me callé. ¿Por qué reconocerle su superioridad? ¿Por qué mostrarle que sus palabras me molestan?

Bien, quise quedar como interlocutor a la misma altura. ¿Para qué? ¡Para oír el cuento!

Entonces, aquí estamos. Sin embargo, sin embargo, me venció. No importa, de todas maneras, eso lo sé sólo yo... Siendo así – ¿por qué no mantenerme reservado? No mostrándole nada.

Por eso anuncié el fingido reconocimiento, tácticamente, evitando lo que en verdad quería: – Está bien. – No podía responderle nada más lógico. Pero, si ya tengo que pedir excusas, ni más exacto.

            Él también cedió – terminemos lo empezado.

– Adelante. Le escucho, atentamente.

– No sé si lo conoce, existe un cuento de Thomas Mann, creo que se llama Decepción.

Me quedé callado, sabiamente escondiendo mi ignorancia. – Como ausente, desconcentrado.

– ¿Quién sabe si siquiera esta traducido al croata – (¿quizá comprendió mi comportamiento?).

– ¿Habla usted alemán? – corté apresuradamente.

– Muy poco. Pero, existe la traducción al inglés, la había leído, pero hace ya mucho tiempo, pienso que es bastante buena... Ese sencillo e inocente y sin embargo terrorífico me absorbe ya hace años.      

– Le sigo, por favor.

Pues, en medio de Venecia, en la Plaza de San Marcos, el narrador se encuentra con un hombre inusual. Un tipo extraño, de edad indeterminada. Camina por la plaza, hundido en sus pensamientos, por un momento sonriente, a ratos hasta hablando consigo mismo. Y así días y días. El mismo personaje en el mismo lugar. Así hasta una noche cuando se sentó en un café en el que estaba sentado nuestro narrador, en la mesa vecina. Y empezó a narrar sin motivo especial. El cuento de su vida. Desde su temprana juventud esperaba mucho de la vida. Y entonces, presenció un incendio. Ocurrió así no más. Pero, eso no fue un accidente corriente. Mucho más que eso; le ocurrió la vida. El joven Mann lo describe magistralmente. Una serie de los pequeños detalles una cadena trágicamente simple. Primero el fuego en el hogar familiar, nido hasta ahora impregnado por optimismo inocente. Se quemó toda la casa. Y él, todavía niño, con dura, inadecuada madurez, se decepciona. Como si esperara algo verdaderamente grande, mucho peor que ese banal incendio, cuotidianas llamas. Y en estas traicionadas esperanzas le queda la pregunta; ¿Es eso todo?... Mire, ese cuento es muy profundo. En realidad, habla sobre el lenguaje y su riqueza y sobre la pobreza de la vida. Sobre el hecho de que un verdadero drama es posible solamente en las palabras y la vida es apenas su pálido traidor. ¡Cómo sentía apasionadamente tan genial parábola, esa imposibilidad de que se experimente la vida, el bebé prematuro, una vorágine fatal de impaciencia: ¿Es eso todo?...

Antes de continuar me miró pensativo.

– Sin embargo, había que dar un paso adelante y entender que lo único que le quede al hombre es la muerte. Pero no como salvación. Menos como escape, sino como muerte una decepción más; la última y la mayor. Lo definitivo: ¿Es eso todo?...

Mi atención empezó a disminuir. Igual que el héroe del cuento, estaba un poco decepcionado. O, mejor dicho, me quitaron algo. Como que en el cuento algo faltaba.

Se dio cuenta de que ya no lo seguía. Se tranquilizó, calló.

Una pestañeada engañaba los ojos abiertos. En sueños, quizás en el sueño, delante de mí surge la atmósfera de la ciudad sobre las lagunas. Y el héroe con su pregunta en un ambiente totalmente distinto de aquel del cuento del desconocido de Mann. Tan sólo este cambio, la falsificación, dio sentido a este cuento. Mi imaginación transformó el asunto de esta manera: Venecia – en medio de un carnaval, bullicioso y multicolor hasta el mal gusto. La máscara histérica de la alegría escondía el desánimo tedioso empapado de humedad. En medio de todo eso, un hombre no terrenalmente tranquilo. Parece que su cara de la locura general trata de extraer alguna gota de placer. De antemano consciente de la futilidad de su intento. Perdido en el mundo. Da lo mismo donde insertar a este ser que se rindió frente a la vida.  Con el mismo sentimiento empaparía cualquier paisaje.

Y nosotros – cautivos de la transparencia del mediodía de Dubrovnik. Ciudad que invoca la canción, armonía indiferente a los transeúntes y a los años, porosa construcción de hace siglos. Y la muerte así tejida en color cruel, aquí diferente. Clara y sana como plegaria matutina. Por eso es pesada y más persuasiva. Como quimera – real. Grito delirante del pájaro a la vastedad del mar que rebota de las murallas esculpidas por la soledad.

 

En ese momento de repente me acordé. De todo. Es difícil decir ¿por qué los acontecimientos perdidos a veces inesperadamente surgen del lodo del olvido? ¿Será que en este caso nos indujo el cuento en que divagamos, liberados de la realidad? ¿O pura casualidad? Felizmente caprichosa, inequívocamente sin razón. Sea lo que sea – lo reconocí. Es decir, este maravilloso joven era participante de un acontecimiento que a su tiempo sacudió la Ciudad. De eso se hablaba de manera típicamente ragusina.[5] En las tiendas, enfermerías y en las estaciones del bus, por todos lados, pero silenciosamente, con un susurro más sonoro que un grito. Se sabía todo. Solamente algún detalle distinguía las diferentes versiones orales del relato. Pero todas tenían una cosa en común, paradójicamente disminuían igualmente la responsabilidad del joven y de la esposa en todo el acontecimiento. Algo de importancia correspondió a la Sra. Pavica. Esa morena de belleza exuberante era apreciada y estimada esposa. Hasta el escandaloso descubierto del acontecimiento trágico, nunca había sido objeto ni de la alusión más inocente. Y eso no fue poco. Ante todo, las alusiones ragusinas raras veces son ingenuas. Ni siquiera las observaciones más benignas se dicen en tono de humor benevolente y desinteresado como sea siempre aciertan a alguien invisible con aguijón más que doloroso. Raros fueron aquellos que no fuesen meta de las flechas de engañoso sabor a mazapán y su malicioso filo mortal. A ellos pertenecía la mencionada dama.

Su muerte resonó como chiste de mal gusto. La gente enmudeció. El relato que salió a la vista era drásticamente diferente a todo lo que hasta entonces y las imaginaciones más fantásticas pudieron presentir sobre la buena moza Pavica. Interesante, pero ni entonces se oyeron malas opiniones. Al contrario, hablaban de ella sinceramente, con compasión, con mucha comprensión. Al cementerio de Boninovo la acompañaron muchos, casi miles de personas. “Vino toda la Ciudad” se dijo más tarde.

Pronto Stradun[6] tejió un cuento inusual. Indecible y definitivo. Una mujer madura, felizmente casada, bien situada y contenta, conocida por su tranquilidad y amabilidad, un día se enamora. Él era muy joven, casi un muchacho, brote de una conocida familia, Martinović, en las actas antiguas de la famosa República inscrita como Martini. Todo ocurrió de repente. En tales cosas no hay mucha sabiduría. Generalmente gobierna la pasión. No se alcanza a pensar ni en el precio.

Es interesante, pues, y quizás inesperada la manera en que la transmisión oral caracterizó a los protagonistas. Como primero, a Orsat Martinović se consideró víctima. Lo que significó la culpa de alguien. Sin embargo, Pavica Mašić ha pagado un terrible precio. Solamente por eso fueron omitidos los rumores, chismes, malicia, todo lo que a los protagonistas de tales tragedias transforma en males infernales. Ella empezó todo, de eso no había duda. ¿Cómo un muchacho que recién empezaba ser un joven pudo seducir a una mujer madura? ¡¿De qué manera pudo llevarla al mal camino?! La causa de todo indiscutiblemente fue ella. Pero ¿qué causa? ¡Indeseada, hecha sin intención de causar daño! Además, sin una conciencia real sobre las consecuencias. Y ellas la han llevado a un abismo, sin retorno.

Entonces, solamente ella sufrió el daño. ¿Y el joven? Olvidará, tiene la vida por adelante.     

Se siente mal.

De ninguna manera puede ser indiferente. Pero, el tiempo lo cura todo. Dentro de un año, quizás menos, dentro de medio año, dentro de algunos meses, desaparecerá el recuerdo del trágico final de un, según juicio general y normal, totalmente inapropiado pero gran amor.

A ella, sin embargo, se dice la han elevado a heroína trágica. Según ellos, la pobre señora Pavica se dio cuenta de que a su inmaduro amante le hace daño. Atormentada por el fuego que involuntariamente prendió, no se atrevió ni a imaginar su vida sin él. Él, de su parte, se vinculó con ella como un cervatillo. Y, al final, ¿qué pudo hacer perseguida por su propio pecado? Lo único que hizo – quitarse, desaparecer para siempre. Arrepentirse por su mal y lo más importante quitar la carga de los hombros del muchacho inocente. Terminó su vida con el suicidio. Con el salto a las rocas en Boninovo. La muerte que corresponde a los desesperados de la Ciudad; donde la desesperación a menudo es la faz ocultada de   reservación caballerosa.

 

Los cuentos públicos tejidos acerca de este tipo de acontecimientos nunca fueron garantía segura de la verdad de los datos. Los prejuicios se ofrecen como único árbitro de la realidad. Esta exclusividad es; sin embargo, base segura para la mentira. Por eso esta es una ocasión única – escuchar el cuento auténtico de testigos y protagonistas. La fábula se hizo más real, concreta, viva.

            Me volteé hacia mi interlocutor. Cara a cara. Ahora de nuevo esperando ansiosamente. Escuchando compungidamente, animaba al narrador, trataba de satisfacerlo, liberarlo. Mi esfuerzo no quedó sin resultados.

            Dejando definitivamente el protagonista de Mann a su huso, continuó:

- Yo era un niño ejemplar. Excelente alumno, siempre. Desde el primer año de la primaria; conocía sólo los cincos.

  Los alumnos excelentes mueren jóvenes – murmuré.

–¿Por favor?

– Nada; tosí.

– Así hasta el fin del bachillerato.

– Tuvo excelentes notas en él, obviamente.  

– No.

– ¿No?

– Ni siquiera di el examen final. Ya sabe, los alumnos que tienen notas excelentes en todas las asignaturas son liberados de este examen.

– Así es. ¡Cómo lo he pasado de alto!

– Eso ocurre. Pero, como mejor alumno me encargaron de dar un discurso a nombre de toda nuestra generación.  En una sala repleta, delante de todos los padres, profesores y, por supuesto, alumnos.

– Lindo.

– ¿Lindo?

– Lindo discurso, pienso.

– Ah, sí. Y, fue muy lindo para que sepa. Al terminarlo, se me acercó el director de la escuela, me abrazo y delante de todos me dijo que esperaba que siguiera siendo siempre tal como había sido todos estos cuatro años – orgullo de mis padres y de la escuela, ejemplo para mis compañeros. Todos los presentes aplaudieron. Les agradecí con una sonrisa. Pero, de alguna parte, algo en mí, profundo, tras de la alegría, de la vanidad, me preguntaba ni siquiera sabiendo la pregunta es...   

– ¿Es eso todo?

– Justo eso. Entonces sentí, si no remordimientos porque sería exagerado decir eso, pero, digamos, un tipo de malestar, algo así, como incomodidad.

– Entiendo. Usted fue el orgullo que no cree en sí mismo. Ejemplo que vacila por su propia duda.

– ¡Bravo! Y ahora, imagínese como sería demostrarlo y todavía más, decirlo a toda esa buena gente. ¡Qué Dios me libre!

– Escuche, ¿a usted no le preocupo un poco demasiado la opinión de la buena gente?

Esta vez paso por alto mi observación.

– Decía usted – continué, yo también ignorando mis palabras pronunciadas antes – totalmente consciente de que le creían más de lo que usted creyera a sí mismo.

– Consciente, sí, doloroso, desagradablemente consciente.

– ¿Tuvo usted miedo?

– Sí.

– ¿Por qué? – se extrañaba como si no entendiera completamente lo que le preguntaba.

– Generalmente, cuando uno no cree en lo que habla, salvo, por supuesto, si no es un mentiroso notorio, se apodera de ti un miedo desagradable.

– No, en mi vida jamás lo sentí. Ni siquiera entonces. Sabe, es posible fingir y por eso te sientes incómodo, pero eso no está vinculado al miedo.

– Así que nunca, jamás. ¿Ni su garganta vibró, ni su corazón palpitó acelerado?

Se quedó pensativo. 

– En verdad no – continuó vacilando como si no supiera cómo seguir. – Quizás sí que sentí algo parecido. En otra ocasión muy distinta. Quizás eso fue... sí, quizás...miedo. ¿O no? ¡No! Mareo, así lo llamaría.

– ¿Por fingir?

– Esta vez no se trataba de mí. Se trataba de otra persona. Y todo mi malestar fue provocado por ella.

Bajó la voz hasta casi susurro.

– ¿Se había enamorado usted? – le pregunté con cuidado, de manera torpe, inconsciente.

– No, pasó diferente. Totalmente diferente. Eso pasó hace mucho tiempo. Recién cumplidos los catorce años. Parecía mayor, más maduro. Aunque – apenas había terminado la primaria. Con ese motivo mis padres me llevaron a un Café de la Ciudad a tomar una copita. Sabe, eso era algo como la introducción a la vida de los adultos. No tan oficialmente, medio en broma. Era un tipo de iniciación. Aunque no verdadera. Así, no más; para mostrar, casi en juego, que me consideraban adulto. No totalmente, por supuesto. Un poco después de sentarnos, se nos unieron el secretario de la escuela y su esposa. Encontraron allá ocasionalmente a mi padre, viejo amigo del hermano menor del secretario los invitó a sentarse a nuestra mesa. Aceptaron. El señor, abogado de profesión era reservado, de pocas palabras, cerca de los sesenta años. Entrecano, esbelto, bien cuidado. La señora más joven, morena, sin canas y una pocas; pequeñas arrugas en los bordes de los ojos. Alta, buena moza, respetable. No nos encontrábamos por primera vez. Una vez antes, estando en el séptimo grado, me enviaron donde el secretario, a su oficina. No me acuerdo por qué. Ella estaba ahí. No sé por qué, generalmente no venía a la escuela. Ese encuentro, ese momento, lo recordaré siempre. Tales encuentros no se olvidan. Y no pasó nada especial. Solamente estaba parada junto a la puerta y me observaba, ¡Pero, de qué manera! Para que se me helara la sangre en las venas. Por primera vez estamos parados así cerca uno al otro y de ella emanaba un odio incontenible. No lo puede aguantar. Su cara casi se encalambrada en un gesto feo. Bajé la vista hacia el suelo, callado. Hubiera querido escapar, pero no tenía a donde. Me quema su mirada ardiente, intolerable. Ordena: no, más que eso – me manda: vete, piérdete, desaparece, quiero que te vayas. Antes jamás, de verdad nunca, sentí algo así. De nadie. Especialmente no de una mujer. Desde que recuerdo, las mujeres me esperaban con alegría.

Sonrió de manera natural. Se trataba de la seguridad de las personas acostumbradas a reconocer su belleza en las miradas ajenas. Y siguió hablando sin ostentación.

Más o menos antes de la pubertad sentía que las mujeres empezaban a mirarlo de diferente manera. El muchachito guapo empezó a cambiar de manera evidente. La simpatía y cariño de las miradas femeninas empezó a reemplazarlas la inquietud. En las ancianas, melancólico, moralista reproche de beata. Cuando se trataba de alguna mujer piadosa moralmente reprochable. Cuando se trataba de las mujeres jóvenes, sensual. Para él, todavía sorprendentemente libidinoso. Mucho tiempo no reconoció ese momento. La hora de la separación de la infancia maternalmente protegida. Llegó inevitablemente, paradójicamente encarnado en la malicia de esta mujer extraña.

– Apenas pronuncié saludo y me perdí lo más rápido que pude. Después de eso nos vimos algunas veces en la ciudad. La evitaba cuanto podía. Como si su mirada pudiera quemarme... Y ahora, aquí, en el Café de la Ciudad, en ocasión que empezó tan relajada, alegre, ésta, para mi fatal persona a la que hice algo muy malo, de repente se encontraba a mi lado. Como si el mismo destino de nuevo jugara conmigo. Se sentaron. Ella, oscura, más reservada que en el momento cuando estuvimos en la oficina del secretario. Su presencia fue amenazante. Me consolaba que era bueno que se había sentado a mi lado y no frente a mí, cara a cara. De esta manera por lo menos voy a esquivar su odio... Empezó la conversación. Me protegí con la pared de mi propio silencio, esperando que me hayan olvidado. Me retiré a, como me parecía, la impersonalidad cómoda de alguien que está de lado.

Por el momento, dejó de hablar.

– Esto es, pronto lo vi, cuenta sin posadero. La conversación empezó a ser más relajada y en medio de la ligera charla, esa mujer con un movimiento descuidado de la mano, justificando algo sobre lo que hablaba a mi madre, sin querer, empujó un vaso con jugo. Instintivamente quise tomar el objeto que se deslizaba por el borde. La situación me sorprendió; me apresure sin necesidad y en vez del baso, agarré su muñeca. Nada peor pudo ocurrirme. Tembló como si se tratara de una descarga eléctrica. En primer momento pareció asustada por la explosión del vidrio que en un sinnúmero de pedazos se desparramó por el suelo. Rígido, confundido, inconsciente de que la apretaba y al mismo tiempo infinitivamente sorprendido de aquello que sentía bajo la palma de mi mano.

Me miró de una manera ausente, perdida. Con incredulidad. Todos esos años ni lo más mínimo diluyeron la amargura de aquel acontecimiento que ocurrió en un Café de la Ciudad.

– Temblaba como una caña bajo los golpes de un vendaval. Sin ningún ritmo. Las sacudidas repentinas se intercambiaban con el temor que se extendía por todo el cuerpo. Confundido, no dejé su mano. Estaba rígido. No sé cuánto duro, dos, tres minutos, quizás más tiempo... Por suerte, de alguna parte apareció el camarero y profesionalmente amable, murmuró que eso no era nada, que tales cosas ocurren, que a cualquiera le puede pasar lo mismo. Se inclinó y recogió los vidrios... En la mesa... silencio. Ella sigue temblando, no puede terminar, esta pálida como un papel. Por fin, reaccionó su marido. Se levantó, tomó despacio mi mano, me miró con una mirada protectora y entonces deje su mano. Él luego saludó con calma y despacio; la sacó de allá.

 

Durante días no me tranquilizaba. Todo el tiempo lo maltrataba la imagen del café. Pero eso no era todo. Siempre existe algo peor de aquello que creemos que es lo más grave que pudo ocurrirnos. El motivo fue inocente. Su madre durante el tiempo libre cosía. No mucho tiempo después de aquel incidente, lo envió donde su amiga por un nuevo modelo de vestido. La ciudad en verdad es un bocado del mundo. Su amiga era cuñada de aquella, para él fatal mujer. Los hermanos y sus familias compartían una casa grande detrás de la Ciudad. Junto a ella se encontraba un jardín espacioso y bien cuidado. En su fondo había un viejo y cultivado pabellón.

            Saliendo de su hogar no pudo pensar lo que le esperaba. Al llegar hacia la cerca de la verja de hierro de un antiguo palacio de nobles, tiró la manecilla de alambre de la campana. El gimoteo y luego algunos momentos de silencio. Luego, de adentro, como si se tratara de gran lejanía, se oyó un eco: ¿“Quién es?”. Respondió. No pasó nada. Apretó la palanca de la cerradura crujiente, empujó la puerta y se encontró en el agradable oasis de un jardín sombrío.

– Sin que yo supiera porqué, me dirigí al pabellón. Hubiera sido lógico que me dirigiera al edificio, pero la lógica nunca ha sido mi fuerte... Me acerqué a la oscuridad, entré al bajo el techo. Me atrajeron la calma, soledad, sombra. Me pareció que al calor del verano puedo robar un momento de felicidad. Solamente un paso, dos pasos, y comprendí el error que hacía. Pero, ya demasiado tarde. Ya no me pude retirar... Allá, sobre el asiento de piedra, bajo la cerca, en la única mancha del sol, en medio de una sombra profunda, yacía ella... Pues, eso ocurre cuando ocurren todas las circunstancias ideales para un accidente. Esa tarde, a saber, se quedó sola en casa. Su marido, el hermano de él, su mujer e hijos, todos se habían ido de visita a algunos familiares en Župa. Regresaría por la tarde... Y yo – de nuevo cara a cara con ella. De nuevo me corto con su mirada. No me pude mover. Esta vez de ella irradiaba solamente furia, sin odio. Y algo más, me fue difícil determinar qué, pero me parece – desdén. Me sentía como el ladrón sorprendido en el momento que con su mano quiso coger el botín. En vano trate de convencerme que eso es estúpido, sin razón. No hice nada malo, no pude saber que la encontraría así. No sirvió de nada... Ella de repente saltó y se me acercó tan rápidamente que no supe cómo reaccionar. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba casi desnuda. No esperando a nadie, especialmente no a mí, tomaba el sol sin sostén, solamente en calzones, no en aquellos de traje de baño sino normales unos calzones de seda... Y hoy me acuerdo de mi impresión. A pesar de la ansiedad, en este momento pensé que bien conservada estaba, tan juvenil, tan bella. ¡Bella!... Casi me olvidé del miedo. No por mucho tiempo. Ella también, en este mismo momento empezó a hacerse consciente de que la estaba mirando. Se puso furiosa, perdió el control. Me agarró por el pelo, comenzó a tirarme, a sacudirme me golpeaba como si fuera desquiciada. Dolía, mucho.... Ahora sentí solamente horror. Ella encarnaba un poder terrible comprimido, una fuerza maravillosa, un mensaje; de nuevo: desaparezca, fallezca, muérete...

Respiraba con dificultad. Lo oprimía el recuerdo renovado de una mala escena.

– Escuché mi voz aterrorizada como busca la salvación en el caos de las palabras que brotaban de mí: Por favor, no. ¿Qué le he hecho yo, no la he visto, vine por un modelo, por la muestra; no sabía que estaba aquí, me duele, por favor, déjame... En total desesperación, echaba de mí disparates, sin saber lo que hacía... No sé cómo y por qué, pero resultó. Inesperadamente. Paró, su mano se detuvo sobre mí en el aire. El movimiento paró, mudo, como si se encontrara en los cuadros de un acto, sincronizado con estilo. Así no más, diríamos. No pude creer que de repente todo pasó. Nos observábamos asombrados, como si de repente despertáramos de un sueño que soñábamos juntos... Como si por fin se diera cuenta del sin sentido, injusticia, brutalidad de lo que hacía. Quizás por miedo de sí misma retrocedió... Ocurrió un milagro. Así, no más – no tengo mejores palabras, exactas. Su mano, de hace poco amenazante en el aire, cayó suavemente sobre mi frente. Retrocedí... Un roce inusual, inseguro. Lleno de incertidumbre...

Suspiré tranquilo, calmado.

– Pero, eso no fue el final. La verdadera sorpresa recién seguía. De su boca, hasta hace poco tiempo, torcida y distorsionada, se oyó un susurro... ¡Qué pesadilla, Dios mío!... El roce tierno de la palma de mano en mi frente fue acompañado con estas palabras: Perdóname, ángel... ¿he oído bien? ¿De verdad ha dicho eso? Imagínese, enloquecido como estaba, me pregunté si ella por equivocación ha dicho palabras opuestas a aquellas que quería decir. ¿Significa eso que su furia se ha mitigado por el momento y que, cuando se recupere, explotará contra mí todavía peor, vengativamente?...  No tenía razón. No pasó nada de lo que temía, ninguna nueva furia, aumentada por enfado en sí misma... Querido mío, querido mío...

Paró como si todavía no pudiera creer lo que seguía. Mirándome a los ojos sin parpadear, continuó:                                     

– Su roce se transformó en abrazo... Empecé a temblar. Cada tirón de los músculos contraídos como liberados de un nudo de miedo acumulado... Me abrazó con ambas manos. Y mientras me tenía en sus brazos, sentí como sus lágrimas caían sobre mi cabeza. Sí; lloraba.... Estábamos parados así, uno al lado del otro, cuerpo a cuerpo, reconciliados, serenos de manera extraña. Cuando la tensión bajó, fuimos conscientes de algo más. De nuestra cercanía. Vino volando de alguna parte, como brisa – juguetona bola de aire, invisible, no anunciada, de repente temblorosa...  “Perdóname, ángel”, repetía como si estuviera en delirio y se aferraba a mí. Su roce era caluroso, íntimo. Mis manos, hasta ese momento caídas, despacio, después fui consciente de lo que en realidad hice, en forma maravillosa liberadas, empezaron a subir por su espalda desnuda. Me relajó el abrazo protector de la mujer hasta hace tan poco fatalmente peligrosa. Fue suficiente tan sólo un minuto para que el mal que me envolvía sin piedad desapareciera para siempre, como si nunca hubiera existido.

– Sabe – dije tranquilizado con un placer melancólico – en este momento nuestros cuerpos se reconocieron... Como si la varita mágica de un curandero compasivo nos hubiera liberado de una larga y dura pesadilla. Por un momento se separó de mí y, sonriendo confusamente, me dijo en voz baja, casi en un susurro: “Ven”.

El malicioso que se encontraba en mí no necesito mucho para despertarse. Susurraba: ¿qué le falta a este romance para que sea completo? Y concluyó triunfalmente: con el rasgar de una guitarra. Por suerte, a mi segundo yo, más débil, superó el relato del joven.

– Cubriendo con la mano libre sus senos, me llevó dentro. Nos escondió la fría planta baja, las sombras de las pesadas paredes. Bajo nuestros pasos gemían distorsionándose las escaleras de madera. En el corredor oscuro chirrió el piso. Nos quedamos en el dormitorio en el primer piso. Con un movimiento ligero, cerró la puerta detrás de nosotros. Cariñosamente, como de paso, con sus labios tocó mi mejilla. Con la consideración con la que las recién crecidas muchachas superan su vergüenza y al mismo tiempo con la calma de la mujer madura y segura de sí misma, sin prisa, me desnudó.

Sabiendo bien que es lo que ocurre, ni sabía ni se preocupaba de cómo lo sabía. Igualmente sabiendo que ella sabía. Los dos lo saben y entienden el uno al otro como si entre ellos no había diferencias. Maduró pronto, como la naturaleza en otoño. Sin embargo, no ocurrió de repente. ¡De ninguna manera! Todo, cada cosa, cada pulso, cada pensamiento y cada sombra, por fin encontraron su lugar justo.

– Fue bonito, sabe; justo así, como todo lo que ocurre por primera vez. Pero, sin embargo, no fue extraordinario solamente porque hasta entonces nunca había tenido la posibilidad de probar la sensualidad de esta manera. No, después de todo, después del calambre que nos colmaba después de cada encuentro y que era evidentemente era la señal de algo totalmente diferente de lo que nos parecía que era, esa entrega, esa reciprocidad, nos levantaba hacia algo santo.

Otra pausa breve. Un poco de silencio. Búsqueda de palabras para continuar. Se desarrollaba más despacio, sin acentos dramáticos. Amarse en secreto, esconderse de la gente cercana en la Ciudad no era nada sencillo. En un ambiente pequeño acechan miles de ojos, disfrazados por un desinterés decente. Detrás de la apariencia sonriente, armonía y muchas consideraciones en susurros circulan cuentos sobre todo lo que ocurre. No descubrirse es un arte superior y extraordinariamente raras veces, pura casualidad. Ellos sin embargo tuvieron éxito. Sin dudas. ¿Y cómo dudar de un muchacho y una mujer de buena fama?

– Duró meses. Y más que eso. Se prolongó a un año, dos años. Fue lindo, tierno, pero desde el mismo comienzo, detrás de la intimidad empezó a crecer algo más. Mucho tiempo estuvo escondido, disfrazado por la intensidad y la novedad del sentimiento. Del suyo y el mío. Porque, me reconoció, antes nunca haber vivido algo así. Una vez cuando descansábamos desnudos en la cama, me contaba, iluminada con dulce y tímida sonrisa, sobre su juventud. Le gustaba apoyarse en el codo, tocarme la cara con los dedos, la barba, silenciosamente descubrir mis sus pequeños secretos. Yo, de mi parte, quería escucharla, oír todo sobre ella. Me informaba más por lo que no decía que con aquello que me contaba. Cuando era joven tuvo dos o tres amores platónicos, nada especialmente apasionado y largo, y luego se enamoró de su esposo. Fueron novios dos años y luego se casaron. Todo seguía el curso esperado. Tenían un matrimonio armonioso. Sólo – sin niños... Lo que comprendió ahora es que todos esos amores fueron pequeños comparados a este, conmigo. Hasta que no nos conocimos, hasta nuestro encuentro verdadero y nuestra unión, pensaba que lo de antes era lo verdadero... Pero que, a pesar de lo extraño que era tomando en cuenta su edad y la mía, solamente a mí se me ha enamorado de verdad. De eso me hablaba a menudo.

– ¿Y usted?

– Descubrí la pasión y la ternura.

– ¿Pero? Y usted ha dicho que había algo más...

– Sí. Algo que todo ese tiempo no lograba notar. Y de nuevo ella fue la primera en entender que ocurría... Lo que pasaba, era que yo, como siempre en la vida, quería tomar todo lo que estaba en la copa...

– ... ¿y fue decepcionado?

Necesito mucho tiempo antes de pronunciar tristemente:

– Sí; lamentablemente.

Paralelamente con el maravilloso sentimiento de la primera pasión y cariño verdadero, realizado, nació la impresión de su insuficiencia. Entre la vivencia y el acontecimiento se interpuso un velo. Una cortina delgada, casi invisible, pero palpable. El lejano presentimiento de que con otro viviría algo mejor. No se hartó ni se decepcionó del amor concreto y de la mujer real. Hasta ahora, hablando de ella; muchos años después, su cara se suavizaba y su voz se llenaba de calor. Pero, cada vez más lo atormentaba el pensamiento que de verdad el amor y tiene que vivir su plenitud.

Aunque ya cansado un poco, lo seguía cuidadosamente. Trataba de entenderlo. Un ser raro. ¿Qué quería’ ¿Cuá es la verdadera razón de su insatisfacción? ¿No será simplemente arrogante? Demasiado exigente en sus deseos, no crítico en sus juicios... De todo un poco. Sin embargo, especialmente aquello que durante nuestras conversaciones no podía ni quería entender. ¡Fatalidad! No sólo suya. Y no sólo en él. Por cada uno de sus pasos sembraba. Con cada palabra la envenenaba. A él. A todos aquellos a su alrededor. A todos. A tal persona los ciudadanos de Dubrovnik lo llaman hombre de mala suerte. No tiene la culpa de nada – simplemente no tiene suerte. Tan sólo, en su caso ni esa expresión me pareció suficientemente fuerte.

Con el tiempo, la señora Pavica empezó a hacerme una pregunta típica, excesiva y esperada: – ¿Me quieres?

La abrazaba tiernamente y la acercaba a su pecho delicado de muchacho. En vez de respuesta, como respuesta, la besaba largamente, en silencio. La tranquilizaban, temporalmente, los rítmicos latidos de su corazón. Se entregaba a su respiración. Al protector subir y bajar de su pecho juvenil.

Sin tomar en cuenta cariño, fidelidad y amor, lo sabía. El sentido infalible de mujer le decía la verdad despiadada: ya lo había perdido. Después de hacer el amor, acurrucada en su regazo o recostando su cabeza en sus temblorosas entrañas, cada vez más a menudo lloraba en silencio. Así no más. Sus lágrimas resbalaban por sus mejillas. El las secaba con sus besos sin preguntar por qué llora. Entonces ella se sentía peor.

Una vez dijo: – Encontrarás una muchacha, tu coetánea, te enamorarás de ella, la amarás...

– Te amo a ti, le respondió tímidamente como si no le fuera claro cómo era posible que ella pudiera pensar algo así. En realidad, en su más íntima y más sincera parte todo le era claro. Ninguna mujer de cualquier edad cambiaría nada. Todo seguiría igual. Eso Pavica no entendía. Por suerte o desgraciadamente. No se trata de ella ni de alguna otra. Se trata de él.

– Lo sé, cariño, lo sé, pero...

– Sin… pero – la interrumpió, la acercó hacia él y le dio un tierno beso.

– Escúchame – trataba de continuar, pero él la interrumpió de nuevo.

– No. No lo hagas. Sé que es lo que quieres decir. Quizás soy joven, demasiado joven, pero entiendo todo. Siento todo... Nunca voy a amar a alguien como a ti... No se trata de eso... Todo lo que va a ocurrir después de ti, si va a ocurrir, será menos de lo que hemos vivido tú y yo. Todo sentimiento será pálido. Cada tremor más débil. Cada palabra menos convincente. Cada mirada más cansada.

– Cariño mío, lo acercó a sí, sollozando...

Calló, y yo le pregunté:

– ¿Entendiste?

– No sé, es difícil entender esto. Es difícil entenderme a mí. Y todavía más aceptarme....

            Calla un poco de nuevo y de repente, sin ninguna razón, dice:

– ¿Sabe usted que nunca salí de Dubrovnik?

Me sorprendió. En realidad, si fuera verdad, en este momento no sabía qué hacer con ella ahora. Que significa eso. Necesitaré tiempo, no poco, para entenderlo.   

Me miró como queriendo comprobar que impresión me provocó su declaración. Contento, continuó con su relato.

Siguieron viéndose. Se amaban, aunque todo era cada vez más sombrío. Y entonces, ocurrió eso. La sorprendida Ciudad horrorizada. Los allegados desesperados. Solamente él, el joven amante lo pudo presentir. Pero, evitaba los presentimientos.

Un precioso día soleado ella adosó su vestido más bonito. Se arregló, como si fuera a una fiesta, se dirigió hacia Boninovo... Es sabido; nunca más volvió.

Después de todo, la gente lo miraba de diferente manera. Con compasión. Algunos con curiosidad. Descubrían a otro muchacho, hasta entonces desconocido, inesperado. Evitaban las miradas directas, preguntas. En un, ambiente diferente estaría marcado. Aquí, bajo Srđ donde las pasiones se apaciguan, los odios son suspendidos, los amores reprimidos y tímidos, donde no hay lugar ni para total alienación ni para gran intimidad – todo se desarrollaba de una manera más llevadera.

Sin embargo, no era fácil. Para nada. Se crucificaba. Se quemaba en su propio infierno interior.

Sus padres, cuidadosos y considerados, trataban de facilitárselo sin exagerar sus cuidados. Velaban sobre él teniendo cuidado de no recordarle demasiado lo ocurrido. Siempre los recordará con gratitud.

Sin embargo, nadie, ni siquiera ellos, sabían su secreto. La profundamente escondida fórmula de maldición. La llevará consigo a la tumba.

La tragedia temporalmente reprimió el desengaño. No por mucho tiempo. Pronto, de nuevo lo alcanzó el sentimiento de alteridad, dimensión que le hacía pensar que no existía nada que pudiera probar, entender o ver y que le trajera un aliento de novedad, de vida auténtica, de una realidad fresca. Sea en lo bueno o en lo malo.

Varios años después estuvo solo. Evitaba las mujeres. La Ciudad vive con ojos escondidos que todo lo ven y saben. Esa soledad la explicaban, como consecuencia del dolor por la pérdida de su amada.

– Sabe, la gente sufre de falta de imaginación – comentó. – Se arrullan en sus pequeños mundos, encuentran asilo en los senderos ya seguros y pavimentados, sea como sea y con cierta miserable ansiedad, de sus pequeñas ventanas con las persianas medio abiertas, explican la vida. De aquí vinieron todos esos cuentos sobre ella y de mí, de mi tristeza, duelo, casi depresión. Llegue a ser el príncipe de la melancolía en sus cuentos de hadas. Un tipo de victima ejemplar. Querido mío, todo tan banal. Créeme, nunca fui sentimental. Afectación barata de almas superficiales; sin embargo, manchaba el recuerdo de un gran amor y una terrible caída. Simplemente, estábamos por encima de todo lo que la gente de nuestro alrededor pudo entender.

Con la soledad me defendía del miedo. Sin embargo, ¿no significa el miedo también cierta esperanza? Solamente aquellos totalmente privados de esperanza ya no tienen miedo de nada. Él, hablaba de miedo, naturalmente de un nuevo desengaño.

Pasaron dos, tres años. Empezó a salir de nuevo. Llegaron las relaciones. Esta vez sin amor. Exclusivamente placer corporal. Fue fácil predecir el curso de las aventuras. Saturación, aburrimiento, cansancio – lo escondía cada vez más difícilmente. Ocurría también que sus compañeras pasajeras lo despedían casi con odio. La sombría mirada de sus ojos oscuros la explicaban como soberbia, desdén. No tenía ni fuerza ni voluntad de explicaciones. Y menos de justificarse. ¿Por qué? ¿Ha hecho algo malo? ¿Solamente por eso; por ser tan dolorosamente diferente?

La facultad la terminó a tiempo. Estudió comercio exterior en la Ciudad. El promedio de sus notas era excelente, de eso no había duda. Planeaba descansar un año, dos; prestar el servicio militar, salir de esa obligación. Se aburría esperando el llamado y entonces, un día descubrió el motivo por el cual al final lo trajeron aquí. En su cabeza de repente todo se ordenó. Obtuvo su razón. Su objetivo. Primero lo dijo a su padre. Siguió lo que me había descrito – exámenes médicos interminables, consultorios, laboratorios y, por fin, el departamento para las enfermedades síquicas. Al comienzo el jefe del departamento siquiátrico pensaba que el joven quería evitar el ejército, liberarse de él. Lo puso a prueba proponiéndole que en seguida lo enviaran al servicio militar. Y eso también, igual como casi todo lo demás, lo aceptó con alegre indiferencia de muchacho. Suficiente para que el médico se diera cuenta de que no se trataba de un simulador. Así pues, en esta linda cabeza como mala hierba brotó una idea loca. Como de costumbre, la medicina no tenía idea como erradicarla. ¿Maltratarlo con electro - choques, envenenarlo con medicamentos? ¿Por qué? Es tranquilo, eficiente, sobrio. En ninguna otra cosa se desvía de lo normal. Solamente hay que borrar de alguna manera esa cosita única, esa mancha de su cabeza. Entonces todo estaría en orden perfecto. Pero, como siempre en tales casos, el hombre estaba completamente convencido de lo que continuadamente repetía. Además, paciente; de una manera casi protectora. Al médico le quedó recordar como algunos pacientes con su lógica fantasmal logran imponer alguna idea irreal hasta a la gente más normal en sus alrededores.

– Sí, de eso hablaba con mi padre y le preguntó qué podía hacer conmigo. ¿Si me deja ir a casa? Porque, dijo, él no sabe cómo ayudarme. Luego ambos vinieron preguntarme si quería ir a casa. A mí me daba igual y eso les dije sinceramente. Así que aquí estoy todavía, en mí, algo como, posesión... Pero, como ya lo sabe usted, no voy a estar mucho tiempo más. Mi tiempo se acaba. Pronto me tocará mi turno.

Calló. La noche ya bajaba sobre nosotros, caliente y silenciosa, como un consuelo. Los dos entregamos a ella. Estábamos sentados sin movernos. Un poco impresionado con su relato, posponía el momento de la separación.

Sin embargo, eso no podía durar hasta la noche. Despacio pisé otro cigarrillo quemado y me levanté. Él también se levantó. Callados, nos dimos la mano.

– Y no vuelva aquí nunca más – dijo. Volviéndose despacio se fue hacia abajo, detrás de los arbustos, a su momentáneo lugar de estadía. Miraba detrás de él como si esperara algo. Como si algo quedara sin terminar. No dicho. Y extraño.

 

El año pasó rápidamente. El verano de nuevo visitó la Ciudad. Invitaba a descansar. Holgazaneando, de vez en cuando me acordaba de aquel bicho raro. De adrede no quise preguntar por él. Ni pensar en su destino. Quise olvidar lo que él anunciaba con tan natural seguridad. Me bañaba, disfrutaba, me divertía. Al final, como cada vez, de nuevo, no con tristeza, pero por lo menos con un poco de melancolía, esperé el fin de las vacaciones y el regreso a Zagreb. Al conocido del año pasado lo puse en una parte indeterminada de la realidad. Allá donde pones las imágenes sobre cuyo destino no sabemos nada cierto y no queremos por una u otra razón informarnos de algo más determinado. Por un lado, presentía que él tenía razón, aunque sin ninguna razón válida. Su muerte me parecía posible, hasta probable. Porqué – no lo pude adivinar. Por otro lado – ¿si está vivo y sano? Esto me parecía imposible. Él llevaba en sí el sello de algo oscuro e infausto. Pero, si por milagro él está bien, entonces todo el cuento era tan sólo la fantasía de una mente turbada. Para él eso sería lo mejor. También – el más banal de todos los finales posibles. De repente a mis ojos perdería su aura especial, el sello de un destino excepto a los caminos ordinarios del promedio de la gente. Con el tiempo ganó mis simpatías. Era un hombre raro, especial. Sobre todo – persona que merece todo menos la biografía aburrida de la mayoría de los miembros de la raza humana.

            En el verano que siguió los recuerdos empezaron a ser menos frecuentes. Luego con gran rapidez llegaron los cambios. Empezó la guerra[7] y ya no tuve tiempo ni de pensar en mí mismo. Sin embargo, Orsat Martinović vino a mi mente durante un bombardeo. Pensaba dónde estará ahora cuando Dubrovnik estaba ardiendo, cuando a la Ciudad cayó un mal que desde el gran terremoto[8] la gente que vive en ella no había experimentado. ¿Estará en alguna posición militar con las armas en la mano? No, no, la escopeta no concordaba con su persona.

Entonces, delante de mis ojos destelló una imagen surrealista: un ángel de alas abiertas está velando sobre las murallas y los techos, tratando de disminuir el poder del mal, protegiendo a su gente, su único mundo... Dios mío, empecé a temblar, pues tú lo enterraste. La granada que entonces explotó cerca de mí en un momento me hizo consciente, arrancándome de todo lo que no era este momento justo.

La guerra nos obliga a un presente incondicional. Nos reduce a la medida del ambiente más cercano, sin historia y futuro personales o colectivos. Sin misericordia borra los pensamientos sobre algunos países y gentes lejanas. Un disparo, una explosión y ... Mis recuerdos desaparecieron. En vez de ellos, aparecieron el mal olor de la pólvora, la hediondez de follaje podrido en la tierra empapada de un otoño trágico.

Esos cuantos años de caos fueron suficientes para cambiarlo todo. Hasta el pasado. Él también, casi insensiblemente, cambió en la niebla de acontecimientos alrededor de nosotros. La guerra nos dio otros, más maduros y más pesados ojos. Nos marcó, para siempre. No puedo decir que olvidé completamente al joven y aquellas largas, y como ahora parecía, muy lejanas conversaciones. Cambió dentro de mí. La memoria cada vez más lo reducía a un relato, cuento, a un recuerdo pintoresco de los tiempos antes del horror cuyas sombras jamás podríamos borrar de nuestras vidas. Despacio, dejé de ocuparme del encuentro con él en aquel ambiente de belleza depresiva y funeral; en el jardín del antiguo hospital, sobre el mar y los cipreses. Por muchos años. Hasta pasadas casi dos décadas desde que nos visitó “la destrucción de la naturaleza humana”.

Sucedió accidentalmente. Tantas cosas han cambiado. Mientras tanto el viejo edificio del hospital fue transformado en centro universitario. La grande y oscura vivienda fue emblanquecida, la fachada iluminada. Juventud y vida han reemplazado la putrefacción y la atmósfera mortuoria. Después de mucho tiempo, renovaron también teleférico en Srđ, que igualmente había sido destruido por la mano del monstruo. Nadar en verano en Lokrum[9] casi todos los días y excusiones ocasionales a Srđ se encuentran en los recuerdos íntimos de mi niñez y juventud, están situados en un lugar especial. Apenas supe que de nuevo había transporte hacia arriba, hasta la cruz y la fortaleza de Napoleón, decidí ir lo más rápido posible.

A mediados de julio, algunos días después desde cuando el teleférico empezó a funcionar, me fui a la estación de partida en Ploče[10]. Conmigo a la cabina entraron tres personas. Junto a dos extranjeros ya mayores, entró un hombre de edad media, del lugar. Nos saludamos cortésmente. Cuando el teleférico partió, sentí mareo. Me apoyé con ambas manos al vidrio. Aquel hombre, de los nuestros se me acercó y calladamente, con mucho tacto, me preguntó:

– ¿Se siente bien, señor?

– Estaré bien cuando lleguemos arriba.

– Eso es normal. Mucha gente siente malestar con la altura. Solamente tiene que respirar profundamente y todo estará en orden.

– Ahora estoy bien. No tiene que preocuparse por mí.

Sonrió con compresión: – Tómelo usted como mi deformación profesional. Soy siquiatra. Sé muy bien que son los miedos.

– ¿Sí?

– Bueno, pues, preferiría viajar en teleférico también hasta el Himalaya, si subiera allá, que salir delante de un grupo de gente y hablarle en público.

– ¿Tiene miedo?

– Miedo del público. Fobia.   

– Entonces, ¿quiere que nos cambiemos?

– Con mucho gusto, pero ¿cómo?

– Simplemente. Cuando tenga que hablar algo delante del público, llámame a mí; yo lo haré en vez de usted. Y cuando yo tenga que volar o subir a algún lugar, usted me transporta con la varita mágica o vuela o se va en coche en vez de mí. Solamente arregle que llegue a mi destino sin sentarme en el avión.

– O, querido mío, si los siquiatras tuvieran varitas mágicas, el mundo sería más feliz... ¿O no?... Quizás entonces sería lo que tratamos de no reconocer que es ahora: un gran manicomio.

Nos reímos. Continuamos charlando. Ese par de desagradables minutos eternos resultaron soportables. Al llegar a la cima de Srđ, dejamos pasar a la pareja de extranjeros, salimos y seguimos juntos hacia la fortaleza Imperial. Subimos despacio. De pasó le conté (testigo de propias debilidades, sea quien sea, nunca te agrada), que este miedo de volar, de flotar, apareció durante la guerra. Normalmente, dijo, la gente reacciona a tales choques de diferente manera. En todo caso, me consolaba, es mejor tener tal fobia que el síndrome postraumático. Por supuesto, siempre en algún lugar al alcance de la mano existe un buen consuelo. Quizás queriéndolo aclarar, dijo que su miedo no es consecuencia de algún estres. Miedo, que sin embargo también es un término suave puesto que él tan sólo al mencionar la palabra público, se horroriza, es una simple enfermedad y él sufre de ella desde que se conoce.

Conversando, nos encontramos en la terraza. La torre, el orgullo de la artesanía de los militares franceses, los mismos que hace dos siglos sellaron el destino de la gastada República, en la última guerra punto clave de la defensa de la Ciudad, todavía estaba llena de cicatrices. Las huellas de las granadas en las paredes semidestruidas, pedazos de piedra tirados... ¡Cómo es de extraño todo esto! Como si hubiera ocurrido hace muchísimo tiempo. En la ciudad han eliminado todas las huellas del ataque. La superficie de la piedra, pulida, brillaba de nuevo. Por eso este paisaje con los detalles de devastación era tan irreal... Nos recuerda como hemos olvidado de rápidamente. Como si hubiera sucedido hace mucho tiempo a otro.

Llegamos hasta el borde de la cerca de piedra. Miramos abajo. Escena vista cientos de veces. Sin embargo, siempre de nuevo encantadora. Como si lo hiciéramos por primera vez. La concha de piedra abrazada a las murallas, la costa repleta de los antiguos techos anclados bajo la pendiente, frente a la isla y el mar abierto. Navega desde siempre y navegando adopta y domestica las peñas abandonadas. Así será por toda una eternidad si no la destruyen las fuerzas insensibles de naturaleza o el sinsentido de la violencia humana.

Disfrutábamos callados; este extranjero al lado mío y yo, movidos por una belleza tan intensa que casi dolía. Fascinado hasta la debilidad, me acordé de la tarde; hace mucho tiempo en el jardín del viejo hospital y de la conversación con aquel raro y bello muchacho. Ese día fue lleno de inmensa belleza, pero también de una tristeza pesada y fantasmalmente tranquila. Esa es la atmósfera de Dubrovnik: hecha por la blancura que esconde oscuridad. El siquiatra y yo estábamos callados, cada uno observando la imagen de algunos de sus pensamientos aislados.

Le mencioné al joven. Cuidadosamente, de lejos. Ya pronunciada la pregunta, esperaba que quizás no iba a recordar y que, sí sin embargo recordara, lo que es mucho más probable, su respuesta será rutinaria, normal. Sin embargo, esperaba equivocarme. Deseaba que mis predicciones ominosas, las de Orsat resultaran equivocadas.

Pero, como pasa en la vida, lo mismo que a menudo nuestros buenos deseos no se realizan así y con más frecuencia se realizan nuestros malos presentimientos. Lamentablemente, la vida no es una novela de Coelho. Ella es más un escenario oscuro para escritores parecidos a Camus. Absurda, sin sentido. Y al mismo tiempo bella y por eso cruel.

Sí, ese hombre se acordaba bien del joven Martinić. Todos en su departamento lo recordaban. Y no solamente ellos. De ese caso estaba enterado todo el hospital de Dubrovnik.

Pues, ¿qué ocurrió y de qué manera?

Corto tiempo después de nuestros encuentros y conversaciones en el patio de hospital, un hombre joven corporalmente completamente sano, por fin vivió su fijación. Ocurrió algo que nadie creía. Aunque fuera imposible, loco y sinsentido. Después de todo, estudiaron cada detalle. Hicieron la autopsia, llevaron a cabo todos los exámenes disponibles. Hasta invitaron algunos expertos de Zagreb para consultarse con ellos.

Porque, un día la enfermera de turno lo encontró muerto en su cama. Ojos cerrados, sonrisa bendita, calma fantasmalmente, superior. Tranquilidad intocable, irrevocable. Soñaba y parecía que con su sueño eterno mandaba un mensaje a todos de que solamente él tenía razón y que aquí ya no hay nada para decir o explicar. No podían encontrar la causa de su muerte. Cada molécula de su cuerpo estaba como nueva, en estado de perfección. En ninguna parte había alguna huella de trastorno, paro, herida. La versión oficial, claro está, imaginada, fue: paro cardíaco. 

 – ¿Y cómo lo conoció usted? – me preguntó el siquiatra, terminando con sus recuerdos.

Le conté todo. Bastante ampliamente. Lo conté despacio; sobre las conversaciones durante las cuales mi conocido de poco tiempo desarrollaba sus, así me pareció entonces, alocados pensamientos. 

– Sí, lo sé. Yo también conversaba por horas con él sobre eso. Sin embargo, a los siquiatras no les gusta entrar en diálogo con ideas enfermas – comentó el médico mi exposición, como si se justificara.

– Al final resultará que no eran tan enfermas. Tenía razón, ¿no?

– Pues, de alguna manera, sí.

– O sea, habrá que preguntarse, además ese es territorio, cuánto es su muerte fruto de algún tipo de sugerencia... Quién sabe si algo así sea posible.

– No sé, querido señor mío, nosotros generalmente no participamos en las especulaciones. Por eso no queda nada más que la conclusión de que sabemos muy poco sobre el ser humano; sea de su cuerpo sea de su espíritu. Salvo que uno y otro están muy vinculados. 

Nos callamos. Ambos. Bajo nosotros se encuentra la Ciudad. Como profesora. Silenciosa, tranquila y sabia. ¿De qué?

En mi cabeza en vez de respuesta surgió el pensamiento que nadie, y menos este señor al lado mío, nunca reconocería. O, sin embargo, lo haría. No, no existe nadie a quien lo descubriría. Extraño, degenerado, hasta ridículo. Intencionalmente buscaba palabras duras; tenía miedo de jugar con la mente sana. Si por casualidad me pudiera escuchar lo diría solamente a él. Para que nadie más lo oiga. Él sería el único en entenderlo... y entretanto que me perdone por mi temerosa fe en la normalidad.

La ciudad, irreal, extendida bajo la bóveda celeste, más cercana a un mito que a un espacio de vida, de repente en mi mirada asumió el rostro del joven. Por un momento la Ciudad fue él y él la Ciudad. Suficiente a sí mismo. Sin ninguna necesidad de pedir otra cosa que no sea su propia existencia en su belleza, tiempo, eternidad. Y todo lo que tenía de frente no le preocupaba, ni existía en el verdadero significado de la palabra. Todos nosotros que caminamos y respiramos en medio de este encantamiento, en medio del aire transparente, embriagador como el perfume más fino, estamos aquí solamente por él. Él es el único real. Terrible como la muerte. Inevitable. Flexible hasta el egoísmo, más que egoísta. Por eso y es único. A él se puede amar solamente en un lugar lejano. Nostalgia es lo único que nos lo permite.

Si pudiera hacerlo en este momento, hubiera escapado de allá sin vacilar. Si alguien por milagro me hubiera trasladado a Čilipi[11], me sentaría sin pensar en un avión y me iría en él olvidando mis miedos.

Cuando paso la primera oleada de sentimientos, la excitación fue reemplazada por sentimientos. El bello joven y trágico Orsat fue la razón de esta extraña pesadumbre. Sólo gracias a él, comprendí: nunca más volveré aquí. Quizás por algún día. Pero para siempre no. Si alguien una vez se recuerda de poner mis huesos dentro de las piedras que dan la medida eterna al cielo y al mar. Es no será retorno. Eso será la paz en la que para siempre me desbarate la fuerza de la perfección.

– Sabe, pronuncié mirando cuesta abajo de la pendiente que se precipitaba – durante nuestras conversaciones su paciente y yo varias veces repetimos una frase extraña.

– ¿Sí?   

Estaba a mi lado. Me miraba. Yo seguía mirando fijamente, inmóvil, en una tarde regada de blancura. Y dije, como encogiendo los hombros:

¿Es eso todo…?

 

Del libro Suvišna roba (Bienes redundantes)

 


De la cara y el reverso de la bondad

(O licu i naličju dobrote)

 

La gente, como es conocido, tiene sus ángeles guardianes. También, sus santos. Y mientras los ángeles son los encargados para la protección y cuidado personal, cada santo se ha especializado en un determinado tipo de ayuda. Unos ayudan para el encuentro de las cosas perdidas, otros en la curación de la escarlatina, terceros cuidan a los pasajeros, cuartos sanan a los leprosos, y algunos son los santos de práctica general y ayudan, según sea necesario, en todas las situaciones. Así es en cuanto se trata de los habitantes de cielo. Sobre ellos y su loable actividad hay hasta cuentos. Sin embargo, son muy raros los que se han atrevido a hablar sobre las relaciones de los seres terrestres y los tipos de las áreas bajas, aquellas muy calientes, pues, digámoslo liberalmente, aquellas infernales. Pues, es conocido que, parecido a los guardianes celestiales, y los diablos, sus parientes cercanos, también atienden las obras y destinos de almas bautizadas y no bautizadas. Y cada uno tiene su ministerio.

            De la misma manera que existe una forma especial para la entrega de los deseos a los santos, existe también el camino por el cual los pedidos de los hombres van a los habitantes del infierno. Imaginemos, aunque así sea más difícil, el infierno no en el sentido usual de esta palabra. Entonces, quitemos todos aquellos accesorios, desde el fuego hasta la caldera y máquinas de tortura; entendamos que ya no estamos en la edad media. Esta es la era electrónica; en la tierra, en el cielo y en el infierno. Sin embargo, aunque no dudamos de que los de allá están bien informados sobre los alcances de la tecnología, hay que decir que: un poco por dignidad, un poco por nostalgia, mantienen sus métodos. Por eso, con los diablos se comunica de manera tradicional. Un sistema elaborado de señales se pone en acción; se usa la comunicación inalámbrica con el mundo subterráneo. Un tipo de correo electrónico diabólico. A diferencia de los ángeles y especialmente los santos, para los llamados diablos son anónimos así que los pedidos relacionados con malicia y odio se ordenan en el mismo infierno donde si los comparamos a situaciones terrestres en un sector amplio, el jefe de turno ordena por compartimentos.  Pero, a pesar de eventuales picanterías, los detalles de naturaleza técnica los dejemos de lado.      

            Bajemos hasta las profundidades oscuras, teniendo, pues, en cuenta que y las profundidades y las alturas son tan sólo metáforas. Sería demasiado complicado explicar con el vocabulario de la física contemporánea el problema del espacio y del tiempo y rompernos la cabeza pensando sobre el número de dimensiones. Pues, en el laberinto de un tal imperio de negocios; dos “diablos” tienen sus mesas de trabajo, uno al lado del otro. Hocico torcido y Mal aliento.

            Mal aliento es un señor muy gentil de edad media y de muy buenos modales; su nombre no le conviene por ningún motivo. Es de aquellos que, si aparece una dama, espontáneamente se levantan en los restoranes de lujo, se inclinan con elegancia natural le besan la mano, le colocan la silla para que la parte posterior del sexo más bello se siente lo más cómodamente posible y luego se sientan de nuevo. No sabemos si alguna vez tuvo la ocasión de invitar a alguna dama a un restaurante de prestigio, pero si la tuvo, no hay ninguna duda que se portaba justo así, como hace un momento lo hemos descrito. En seguida; también hay que decir que él es un verdadero maestro de su oficio. Las llamadas constantemente llegan, está abrumado por los pedidos de los pecadores y apenas tiene tiempo de satisfacerlos. Desde aquellos más simples como es un becerro muerto en el establo del vecino, el marchitarse de la mano de una casada infiel que cortésmente pidió un marido engañado, agradecido de antemano; hasta verdaderos desafíos sangrientos de los cuales no queremos hablar más extensamente porque no queremos examinar la paciencia del lector ni cuestionar todo lo que hemos dicho de este sofisticado señor.

A Hocico torcido tampoco se le puede relacionar con su nombre. Lo más exacto será imaginarlo como un intelectual joven, un poco despeinado, que lee a Heidegger, escucha   Metallica, pero también a Bocherini y en el tiempo libre navega como loco por internet. La camisa un poco desordenada, pelo largo y ojos soñolientos. En sus ojos inmensa tristeza que no corresponde a la naturaleza de su ser.

Si nos acercamos a estos señores, fácilmente llegaremos a conclusión de donde tal sentimiento en el más joven. Porque, mientras Mal aliento apenas logra luchar contra las muchas llamadas, notas rápidas y hasta urgencias, la mesa del Hocico torcido está vacía. No llegan exigencias, no hay pedidos. Todos lo evitan. Se olvidaron de él. El jefe de turno, hundido en muchos casos archivados en orden, finge no verlo.

El último caso terminó sin mucha gloria, como numerosos casos anteriores. Una mujer cuyo marido se encontró en la alcoba, pero también en la mesa de su mejor amiga vino a la iglesia y con la fórmula de comunicación usual, en el altar encendió la vela al revés y pidió a la instancia inferior que a la nueva pareja le suceda algo horrible y doloroso. Precisamente – que les nazca un hijo muerto.

La tarea fue, como la última ocasión para que se redimiera de todas aquellas equivocaciones de antes, la dieron al Hocico torcido. Ya examinando el pedido, comprendió que lo que más quería era dejarla a algún otro. Pero, qué hacer si pasa por alto esta posibilidad. Sin embargo, dudaba muy profundamente en sí, decidiendo al final que iba a apretar los dientes y hacer trabajo como corresponde a la fuerza impura.

Empezó bien. La pareja joven nadaba en la marea de felicidad. Al mismo comienzo del romance se engendró el bebé.  Sin embargo, tuvieron remordimientos, sobre todo él, por aquella primera, abandonada y humillada, pero les consolaba el nuevo, repentino y ardiente amor. Como se desarrollaba el fruto en las entrañas de la mujer, así la satisfacción llenaba las velas de su destino. El bien empezado proyecto se acercaba a su clímax. La alegría brotada preparaba un vuelco afectivo. Parecía que Hocico torcido honestamente ejercía su profesión.

Justamente antes del parto, la criatura dejó de respirar y luego se detuvo el pequeño corazón. El padre estuvo presente durante el parto. Y cuando sacaron al pequeño muerto de las entrañas y los médicos no lograron ni con larga reanimación revivirlo, de la madre salió un fuerte grito.

Los colegas felicitaron a Hocico torcido. Le dieron una palmadita en los hombros. No, entonces ocurre algo inusual. Luego, cuando la comisión especial compuesta de los colaboradores más cercanos del Portador de la antorcha examinaba las circunstancias, curso y resultado del accidente, Hocico torcido afirma que, por un momento, cuando alegre recibía alabanzas de los demás, su atención disminuyó. Claro está, esa explicación fue parecida al cuento del alumno que llegó tarde afirmando que su despertador no funcionaba. A todos les fue muy claro que se trataba de un caso perdido.    

Arriba, sobre la tierra, a pesar del buen curso de la operación, el bebé, cuando los médicos lo dejaron, de repente abrió los ojos y empezó a gritar fuertemente. Así no más. Y ya lo llevaban a la morgue.

Al escuchar la voz inesperada de su hijo, la madre, inundada de sentimientos se desmayó. El padre, lloraba de voz alta. Las lágrimas iluminaron los ojos de los médicos, gente endurecida por los males que son las adiciones diarias de la profesión no tan alegre.

– ¡Milagro! Dijeron todos unánimemente. Y agradecieron al Supremo por Su bondad.

– Pero ¡qué Supremo! Ese tonto de Hocico torcido, aquel tipo confuso y campeón en estupidez, a él tienen que agradecerle – estaba furioso el Portador de la Antorcha. Su furia alcanzó su clímax medio año después cuando al niño en el bautizo, en honor a su oponente más feroz, dieron el nombre Bogoslov.[12] El sacerdote entonces hizo un discurso patético sin olvidar acentuar las intrigas infernales, Misericordia de Dios y milagro.

- A esa criatura no me la mencionen más – concluyó el Portador de la Antorcha escándalo de Hocico torcido. ¡Qué vergüenza! No solamente que dejó ir de las manos tan brillante ocasión de maldad sino entregó la victoria a manos de aquel contra quien una vez, hace mucho tiempo se revelaron y a quien odiaban más de todo lo que odiaban.

Y así, Hocico torcido languidecía en su escritorio, depresivo y sin trabajo. Mal aliento, cada vez que llegaba congestionado por muchísimo trabajo, lo compadecía sinceramente.

Y Hocico torcido se hundía cada vez en mayor tristeza. Y un día, sin saber qué hacer consigo mismo, se presentó al secretario de la oficina del Portador de antorcha, pidiendo una charla con el Gran Jefe. El empleado lo recibió con sorpresa y un poco de miedo. No le era claro qué este tipo confuso tiene que buscar en la oficina del Gran Jefe y todavía menos que sucederá cuando aparezca delante al Caudillo. Lo que más le hubiera gustado era decirle que pare, que espere algún tiempo más, que tenga paciencia – o algo parecido, respuesta general con la cual se posponen y desalientan los indeseables. Pero, el joven no mostraba ni la más mínima voluntad de retirarse, dar la vuelta e irse. El secretario suspiró, se levantó y cuidadosamente golpeó a la puerta. Escuchaba atentamente, y luego corrió rápidamente detrás de las masivas puertas.

El tiempo pasaba y en el pasillo no ocurría nada. No había ningún ruido ni movimiento. De adentro no se oía ni el más mínimo sonido. Por fin, Hocico torcido sintió malestar, y a él se añade el miedo. Solamente que todo eso termine de algún modo, no importa cómo, sólo que se acabe – pensó Hocico torcido en el momento cuando las pesadas puertas empezaron a crujir. Al cerrarlas cuidadosamente detrás de sí, mirando al suelo, el secretario pronunció: - Lo mejor será que te vayas. 

– ¿Qué significa eso que me vaya? ¿A dónde me puedo ir?

El beamter[13] encogió los hombros y siguió sin mirar al joven.

Hocico torcido entendió. Se dio vuelta y se alejó sin saludar.

Lo echaban. Lo expulsan de su única patria.

Llegó a su departamento, recogió unas pocas cositas y las guardó en el cajón. De reojo observó a Mal aliento. Este metió la cabeza en algún archivo como si estudiara un asunto de enorme importancia. Sabe, él lo sabe – concluyó Hocico torcido y su corazón se apretó todavía más. Estaba abandonado, solo. En medio de un mar abierto de duración eterna, ya nadie quería saber nada de él.

Cerró el cajón sin pensar lo que hacía. Luego dejó la llave sobre la mesa. Eso fue un acto simbólico, la señal que un gran capítulo estaba cerrado. Partió. Sin apresurase, pero decididamente, con firmeza evidente con el andar de aquellos que decidieron firmemente hacer algo después de haberlas ya roto tantas veces sobre la rodilla y ahora saben que para ellos ya no hay regreso.

Asemejándolo a las leyes físicas, diríamos que ya pasados varios días. Llegó hasta el final de infierno. Allá había un río; grande y poderoso. En la orilla se encontraba una balsa y en ella Caronte[14]. Un anciano sabio y canoso, todavía fuerte, con la pipa en los labios. Miró al joven demonio y se sonrió. Hocico torcido pensó que el anciano quizás no sabía. Ese era un pensamiento ridículo. En el mundo subterráneo todos lo saben todo. Sin embargo, Caronte tenía suficiente experiencia y poco interés por la política. Además, sería difícil encontrar un barquero hábil y seguro, así que no tenía que preocuparse por su posición. Su tranquilidad se basaba en el poder y el poder en su habilidad.  

¿Qué te trae a mí, joven? – dice suavemente.

Quisiera...

Hocico torcido paró sin saber cómo decirlo. Continuó cuando se armó de valentía:   quisiera pasar el río.

¿A través? Se extraño el maravilloso anciano. – Tú sabes muy bien que a nosotros la tierra está prohibida salvo si se tratara de alguna tarea especial. O, pues, una necesidad urgente.

No, no quiero ir a la Tierra. Quiero... a través... allá...

¡Tú quieres... volver! – entendió Caronte. Se puso serio e inhaló profundamente el humo de su pipa.

Irías allá donde los nuestros ya nunca más pisarán.

Pero, ardiendo y temblando de esperanza, Hocico torcido preguntó - pero ¿Aquel cuyo nombre nunca pronunciamos, Él no es omnipotente y si Él...?

Escucha, joven, no te voy a explicar ahora que ocurrió mucho antes de que los habitantes del subterráneo empezaron a llenarlo. No te voy a contar sobre la rebelión y la caída, eso, de todos modos, no me importa. En aquel tiempo tampoco me importaba mucho. Créeme, nunca me intereso el poder y por eso me es extraña la rebelión contra él. Tan solo fui solidario con los seres que Aquel decidió castigar cruelmente. A un lado el hecho de si merecieron el castigo o qué han merecido. Para abreviar, me encontré aquí abajo, el canotaje llegó a ser mi destino y yo no me rebelo ni pienso. Tan sólo, tienes que entender que ya no hay regreso. Simplemente, acepta lo que no se puede ser de otra manera.

Por favor, pásame... al otro lado.

Caronte suspiró y pensó que este joven diablo tiene mala suerte y que es irrazonable. De aquellos hechos de esa manera que al destino propio añaden una gota de bilis cuando pueden Una gota y a veces, un vaso. Hasta un jarro. Sabía – Hocico torcido no renunciaría, aunque tuviera que nadar por el enorme río.  Por eso dijo: Bien. Veo que no lograré convencerte. Haremos así. Te pasaré y te dejaré allá al otro lado. Yo regreso ese mismo momento. Mira, cualquier cosa que pase después, ya no tiene paso atrás.

Acepto todo lo que dices – dijo pronto el joven diablo.

Y fue así. Al dejarlo en la otra orilla, Caronte dio vuelta a la balsa y empezó a navegar de regreso.

A la espalda de Hocico torcido se encontraba el río. Delante de él un bosque. Una arboleda de pequeños y tiernos árboles. Y él siguió adelante. No había caminado mucho cuando se encontró delante de una alta pared de piedra. Siguiendo la construcción llego pronto a una pesada puerta de hierro. No era claro qué fuerza pudiera moverla, tan fuerte y grande. Tocó. No pasó nada. Tocó más fuerte – posiblemente el primer intento fue demasiado tímido. Tocó más fuerte, con toda la fuerza. De nuevo nada. Dejó que pasara algún tiempo, golpeó una vez más gritando que le abrieran. Nada. Se sentó en el suelo y decidió esperar.

Se durmió esperando. Lo despertó la presencia de alguien. Levantó la mirada y vio una anciana pequeñita y arrugada. La saludó y ella le contestó alegremente. En este momento se oyó el portón y Hocico torcido salto en pie. Se abrió despacio y se abrió apenas lo necesario para que la anciana pasara por él. El jovencito corre detrás de la mujer, pero lo impide un niño de belleza inusual que se pone delante de él. Sus profundos ojos azules lo miraron curiosamente.

Yo soy... empezó a hablar el diablo.

Sé quién eres tú – lo interrumpió el niño tranquilamente. – Sé también por qué viniste acá.     

Hocico torcido se sorprendió, pero también pronto encontró la solución:

¿Hay alguna posibilidad de que se haga algo conmigo?

No. Tú has venido a pedir al Omnipotente que de tu corazón saque hasta aquel pequeño resto de bondad. Eso te impide que seas lo que eres. Previene que el mal en ti haga su tarea.

Pero….

Sé que quieres decir. Que el diablo no debe ser bueno y que tú, puesto que lo eres, no tienes lugar en infierno. Pero, te equivocas. Ni es posible que el alma de diablo exista sin algo de la bondad ni es el alma de ángel totalmente privada del mal. ¿Cómo el diablo va a saber que es el mal si en él no hubiera huella del bien cómo el ángel supiera hacer bien si en su naturaleza no está acurrucado por lo menos un diablillo?

Pero….

Lo sé. Según mi convicción, en tu alma hay una migajita de bien de sobra. Tú quisieras quitarla, amputarla como si se tratara de una parte enferma del cuerpo.

Bueno, ¿hay forma de ayudarme? no fui capaz ni de hacer tal mal como es la muerte de la gata mascota, lo que han pedido de mí una vez. En vez de que la gata corriera bajo el coche, yo hice que el chofer la viera y hiciera un giro.

Sí, y él fue al lado izquierdo de donde, de la dirección opuesta conducía rápidamente un camión lleno de manzanas y su chofer se desvió a un barranco para evitar el choque. Las manzanas destinadas para los niños del orfanato se derramaron por la pradera. El primer chofer terminó en prisión porque nadie le creyó que quiso evitar la gata, el otro se quedó sin trabajo teniendo una numerosa familia en sus hombros, y los niños en el orfanato se quedaron sin sus manzanas.

Y eso es algo farfulló irónicamente Hocico torcido, muy triste por su destino tragicómico. Podía, simplemente dejar que matara la gata supongo, el mal sería menor, pensó con amargura. Había olvidado que el niño escuchaba hasta sus pensamientos.

Sí, cualquier cosa que hubieras hecho entonces sería algo muy malo. De esa manera era tan sólo más complicado. Del pequeño mal generalmente nace el mayor. Sin el pequeño mal al final surge gran desdicha. Y lo peor es cuando la criatura no sabe dónde se encuentra y qué tiene que hacer.

 Pues, bien. ¿Hay…?

No, no hay manera de ayudarte. Llegaste a pedir ayuda en el sitio equivocado. Es en vana tu persistencia. Y lo peor de todo es que hayas venido acá.

Vine a pedir honestamente…

¿Qué, Hocico torcido? Mira bien a tu corazón. Viniste a pedir ser como tus hermanos. ¿Por qué? Porque les tienes envidia. Porque sufres por ser peor que ellos, por saber que puedes hacer menos que ellos y significas menos. Quisieras ser como ellos. Ves, a ti te persiguen los celos. Y si hubieras venido a pedir que llegaras a ser como tus parientes de este lado, si hubieras venido a pedir por lo bueno en ti, la causa de nuevo sería la misma. Es lo mismo, Hocico torcido, tener envidia de los ángeles o de los espíritus malos – dijo el niño mientras se cerraba la puerta del paraíso.

Hocico torcido se quedó solo. Llegó la hora en la que tenía que reconocer que ya no podía hacer nada. Empezó a caminar por el bosque, sin rumbo. Ando mucho tiempo cuando se dio cuenta que alrededor de él se encuentra la oscuridad. Como una niebla negra, surgía de todos lados y despacio empezó a cubrir el paisaje. Era cada vez más densa, más impenetrable, más pesada. Al final se quedó solo la oscuridad.

Se paró comprendiendo que ya no tiene sentido seguir la oscuridad. Lo llena una tristeza tan grande como nunca. El dolor de repente empezó a convulsionar su alma perdida. Su sufrimiento era inmenso y él sabía que así será para siempre.

Hay muchos mundos, malos y buenos. Pero, el infierno es sólo uno. Este aquí, en él, él mismo. Solo.

 

Del libro Spodobe (Criaturas)


Antun Pavešković (Dubrovnik, 1957) es investigador en el Departamento de Historia de la Literatura Croata de la Academia Croata de Ciencias y Artes y profesor asistente en la Universidad Católica Croata de Zagreb. Desde el año 2003 hasta el 2012 fue redactor de la revista literaria Republika que edita la Sociedad de Escritores Croatas. Desde el 2012 es el redactor de la edición Mala knjižnica (La pequeña biblioteca) de la misma Asociación. Aunque su trabajo científico y docente es conocido al instruido público científico y cultural, sus aspiraciones se extienden mucho más, lo que ha mostrado con una serie de cuentos publicados en diferentes revistas.  Hasta ahora ha publicado tres libros de prosa: Oproštaj (Despedida), Suvišna roba ((Bienes (Bienes redundantes) y Spodobe (Criaturas).  (Ž.L.)             

      



[1] Boninovo – barrio de Dubrovnik. Allá también se encuentra el cementerio (N. de la T.).

[2] Srđ – cerro sobre la ciudad de Dubrovnik (N. de la T.).

[3] El bosque de san Blas (N. de la T.).

[4] Orsula – localidad en Dubrovnik situada en un acantilado afilado 200 metros sobre el mar (N. de la T.).

[5] A Dubrovnik también se llama Grad (La ciudad) y Ragusa (nombre latino medieval) (N. de la T.).

[6] Stradun – Calle principal de Dubrovnik (N. de la T.).

[7] La Guerra por la Patria (1991-1995) (N. de la T.). 

[8] Dubrovnik sufrió un terrible terremoto en el año 1667 (N. de la T.).

[9] Lokrum – isla cerca de Dubrovnik (N. de la T.).

[10] Ploče – población y distrito de la ciudad de Dubrovnik (N. de la T.).

[11] Čilipi – lugar en el municipio de Konavle, alejado de Dubrovnik 22 kilómetros (N. de la T.).

[12] El que celebra a Dios (N. de la T.).

[13] Beamter (alemán) – empleado de estado (N. de la T.).

[14] Caronte – en la mitología griega el barquero de Hades (N. de la T.).

DOS CUENTOS DEL ESCRITOR CROATA ANTUN PAVESKOVIC (TRADUCCIÓN DE LA DRA. ZELJKA LOVRENCIC)

  Antun Pavešković DOS CUENTOS   ¿Es eso todo? (Zar je to sve?) De verdad, es difícil imaginar un lugar más triste que el antiguo ...